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Testimonios

 

TESTIMONIO DE EMILIO AGOSTINI

Era la mañana del día 11 de diciembre de 2006. Ana, mi esposa, y yo estábamos en Canarias, en casa de unos amigos, preparando el viaje de regreso a Madrid.


Estaba inclinado sobre una maleta, cerrándola y ajustándole con esfuerzo una cincha de refuerzo cuando noté algo así como un hormiguillo raro en el brazo derecho, dificultad para hacer fuerza y coordinar los movimientos de la mano, la muñeca y el brazo que de momento achaqué a la postura violenta, y al incorporarme noté mareo, pésimo dominio de la pierna y pie derecho y en general de mi estabilidad y, con dificultades, me senté en una silla que tenía al lado. Al explicar mi situación a los presentes tuve dificultades para vocalizar.


Pensando que se me pasaría y que tenía prisa por llegar a Madrid conseguí embarcarme.Hasta ese momento suponía que sería un trastornillo pasajero. Pero se me hizo la luz y llegué a la convicción de que era víctima de una embolia cerebral –todo coincidía con el test que una compañera de Tai Chi me había enviado unas semanas atrás- presumiblemente grave o muy grave.


Algo resignado en esta convicción, pensé en mi esposa, que de pronto, regresando de un viaje de recreo y teniendo ya en la cabeza la proximidad de las fiestas, la navidad y el final de año, se podía encontrar en sólo cuestión de horas en una situación muy complicada, y en mis más que empleados compañeros de trabajo, que de la noche a la mañana y algunos con edades de difícil búsqueda de empleo, se iban a encontrar en la calle, responsables del mantenimiento propio y de sus familias y bruscamente buscando desesperadamente empleos imposibles.


Y la relativa resignación se me escapó; me invadió una gran inquietud por no haber tenido todo mejor arreglado y me propuse a mi mismo que de ninguna manera me podía morir entonces, que no tenía derecho a hacerlo dejando a todos enfangados por culpa de mi imprevisión. 


Desde el aeropuerto de Barajas me llevaron a urgencias donde me sometieron a múltiples pruebas y el diagnostico fue inequívoco de accidente cerebro vascular. Quedé ingresado y a la mañana siguiente la doctora jefe de la planta me visitó detenidamente. Me recomendó que desde la cama, tumbado, e incluso de pie, con mucho cuidado y si no me resultaba un esfuerzo excesivo, comenzase a realizar elementales ejercicios muy suaves para favorecer la movilidad de todo mi lado derecho. 


Y así lo hice, primero con las sugerencias de la doctora que poco a poco fuí complementando –el día en una clínica tiene muchas horas- con ejercicios suaves de Chi Kung. No era nada fácil en mis condiciones, pero con la convicción fortísima del no es el momento del día anterior tuve ánimos más que sobrados para hacer más, mucho más ejercicio que el que me habían aconsejado como mínimo.

 
Con la inestimable ayuda del cariño con que me arroparon Ana, mis compañeros, la familia y los  amigos y el estímulo de mis propias convicciones conseguí 48 horas después dejar impresionada a la doctora, que me hacía un estrecho seguimiento diario, por los avances que había experimentado. Ese día y los siguientes me insistió en que jamás –y enfatizó lo de jamás- había presenciado un ritmo de recuperación tan rápido. Al darme el alta me dio un volante para ir a sesiones de rehabilitación pero recomendándome que primero viese qué me ofrecían porque probablemente y visto lo visto mi propio método personal era mucho más eficaz que lo que allí me propusieran. 


Después de sólo 20 sesiones y con sorpresa del director de la clínica por mi actitud dejé la rehabilitación, aunque, naturalmente no he abandonado la mía propia. 


En este tiempo he recibido con sumo agrado y reconocimiento sesiones anunciadas de Reiki a distancia desde nuestra querida Laurita y posiblemente me haya encontrado dentro de alguna cesta común de los grupos de sanación Reiki. 
Desde enero pasado, a sólo 1 mes del suceso, estoy reincorporado a mi trabajo, en los primeros momentos sólo a nivel ordenador y despacho y después totalmente, con visitas a clientes e instalaciones, etc. y desde febrero-marzo conduzco mi coche con total seguridad.


Y entretanto he hecho diversos viajes de recreo y de trabajo.


Desde octubre me he vuelto a incorporar a mi grupo de Tai Chi Chuan –no lo hice antes porque el grupo estaba paralizado temporalmente- tanto en la práctica de las formas como en las técnicas de combate, sin mayor problema. Y, por supuesto, continúo con el Chi Kung y… con las ganas de comerme el mundo, afortunadamente, y sin ganas de que llegue el crítico momento que intuí en el avión pero haciendo arreglitos para el día inevitable.


Emilio Agostini